domingo, 6 de abril de 2014

Yo no soy Rosa


A mis 28 años de vida, les dedico mi recuerdo de Rosa

Ella era una mujer alta, sus muslos eran pilares gruesos y resistentes que sostenían sus anchas caderas, que daban soporte a su cintura delgada y a su espalda que sin ser ancha era fuerte, al igual que sus brazos y sus manos, tenía esa peculiaridad de ser delgados, e imponer presencia de atleta sin ser atleta. Su rostro era ovalado, sus ojos grandes vivían tras espesos lentos de miopía, su nariz tenía la caida de un tobogán de feria, sus boca era grande a la medida de sus palabras. Su cabello lo usaba con cerquillo y aunque corto alcanzaba para amarrarlo con una colette. No sé si era guapa, para mí lo era. Hermosa más bien. Me gustaba mirarla cuando resolvía un problema de álgebra, cuando copiaba una clase de historia, cuando escribía cartas a su padre muerto, cuando miraba el salón sin verme. Simplemente observarla como quien no sabe nadar pero no deja de ir a ver el mar.

Los profesores también la observaban, pero a diferencia mía ellos querían que ella los viese. Los nuevos le buscaban conversación, elogiaban sus bonitas letras, le hacían bromas desde inocentes hasta de doble sentido y chabacanas. Ella los miraba sin verlos, como si los atravesase, y con una sonrisa cansada. Pocas veces les respondía cuando estábamos en clase. La buscaban entonces cuando estábamos en receso y era allí cuando ella desplegaba los labios para hablar como la mujer madura que era. Tenía 28 años, no era una mocosa más de la academia que estaba tonteando con los amiguitos, venía a estudiar para poder ingresar a una buena universidad publica, mantenía a su madre y a sus tres hermanas, después de estar en clases iba a trabajar a la casa de una señora por San Borja donde se encargaba de limpiar y ordenar y sacar a pasear a los perros. Casi siempre se sentía muy cansada, por ello su tiempo libre era precioso, no podía perderlo, todo en la vida o tenía un sentido útil o no le era necesario. Decía todo esto con  mucha calma, mientras bebía de su tomatodo el refresco que se había preparado para la mañana, mientras observaba el rostro desencajado de su interlocutor. Terminado el discurso, sonreía. Los más le pedían disculpas, los menos le invitaban a salir un día a tomar un café, invitación a la que ella respondía "no tomo café" y se despedía menudeando los dedos sobre el hombro, rasgando el aire.

Además de observarla, me gustaba escucharla. Yo le explicaba problemas de física y a veces de química. Nunca fui buena en química pero me esforzaba por entender y así luego me podía explicar ante Rosa. Su voz me evocaba a una madre cuando solo es paz, sin tormento, aunque su vida a veces parecía serlo. La vi llorar un par de veces cuando estábamos en el baño, lavándonos el rostro por tanto calor, y ella se detenía frente al espejo unos minutos, y sin mover músculo alguno las lágrimas le brotaban y se perdían en su rostro mojado. Parecía un efluvio natural de sus ojos.  Las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas hasta la quijada, sin que sus ojos y su nariz se tornasen rojos, sin que ella emitiese algún lamento. Era tristeza, yo sabía, así vi llorar una vez a mi abuela. Entonces hacía lo mismo que con mi abuela hice, no le hacía preguntas, me quedaba en silencio, acompañándola, siendo testigo solidario, dando constancia de que existían esas lágrimas y que no era pertinente preguntar. Eran apenas un par de minutos, pues sonaba el timbre y ella terminaba de lavarse el rostro y caminaba hacía el salón dejándome a mí rezagada, mientras acomodaba mi alma que quedaba herida, acongojada, pertrecha al llanto. Yo iba al salón con signos de haber llorado y ella con la faz más apacible y sosegada que ni Buda.

Cuando eran días tranquilos, nos sentábamos junto al kiosko, a ver a los demás conversar, reir, flirtear. Rosa me decía "mira, mira, son apenas unos niños y él le ha dicho a ella que la ama, ni siquiera sabe sonarse la nariz y habla de amor".  Rosa nunca dijo sobre mí que yo fuese una niña, tal vez lo habría pensado pero nunca me lo dijo. Me gustaba creer que yo era su igual, no como ella, pero algo casi semejante. Que aunque yo no mantenía a nadie sino que me mantenían, no tenía noción de lo que era trabajar, mis padres cuidaban por mí al detalle, mi vida no sabía de carencias, y al mirarme al espejo nunca me brotaban las lágrimas sino solo una tímida sonrisa, yo quería creer que podía ser una persona madura como Rosa. A mis 16 años yo quería creer que podía ver la vida como la veía Rosa, no podía perder el tiempo, tenía que enfocarme en cosas útiles. Pensé en postular a medicina, así como Rosa. Y si alguien me invitaba a tomar café, me despediría rasgando el aire con los dedos por encima del hombro.

Todo fue culpa del profesor de geometría que se incorporó el último mes. Cuando ese profesor le buscaba conversación, ella hablaba suave y de largo, como si tuviese tiempo que perder, y sonreía como si hubiese guardado todas esas sonrisas para él. La primera vez que la invitó a salir, yo estaba con ella, sentadas al lado del kiosko. No lo importó que ella no estuviese sola ni le molestó que yo lo mirase con odio. ¿Qué se hace en una situación así? Rosa no recordó a su madre ni a sus hermanos ni el discurso sobre los perros que paseaba. Rosa dijo que sí, el sábado. Encantada. Él se fue y entonces Rosa siguió conversando conmigo retomando nuestra conversación interrumpida. Conjugó tres temas más, habló y habló sin que yo dijese nada y luego sonó el timbre. El patio empezó a quedar vacío y solo restamos Rosa y yo. No quise mirarla, me daba miedo mirarla, porque ya no era Rosa, esa no era mi Rosa. Ella descifró mi silencio. Tú no entiendes, me dijo, eres una niña, cuando tengas mi edad entenderás. Y se fue a clase.

Era la primera vez que alguien me rompía el corazón. Así se siente, pensé. Mi comunidad con Rosa había terminado, yo no era su semejante, el tiempo y la experiencia ceñían una frontera que ella estaba dejando remarcada como limítrofe. Podía haber regresado al salón, a mirarla como se mira el mar sin saber nadar, ahora que irremediablemente estaba claro que lo que nos separaba era semejante a esa imagen y más. Pero preferí ir al baño, a mirarme frente al espejo. No pude llorar, me lavé el rostro pero no se coló ninguna lágrima. Por más que yo quería llorar, tenía el corazón hecho un avispero, pero no habían lágrimas, ni una sola sola. Fue mi nariz la que empezó a congestionarse, era sangre combinado con un efluvio de moco líquido. Tomé un rollo de papel e incliné la cabeza hacia atrás para controlar el sangrado, el moco tendría que parar también. Tomó un poco más de tiempo del que pensaba. Cuando paró la sangre aun quedaba algo de moco, pero eso fue lo más fácil de solucionar. Al terminar, volví a lavarme el rostro y fui al salón.

El profesor no había llegado, así que cada quien andaba en sus cosas, leyendo algo o conversando. Rosa intentaba resolver un problema del cuadernillo de ciencias. Mis cosas estaban en la carpeta junto a ella, metí todo a la mochila y antes de mudarme a una carpeta de atrás, me acerqué hacia ella a murmurar junto a su rostro hasta empañar sus lentes. Yo sí sé sonarme la nariz, Rosa.



sábado, 22 de marzo de 2014

Profecías


El zorro vaticinó: Un día vendré y soplaré y soplaré hasta derrumbar tu casita de ladrillos.

Y el tiempo se cumplió. No quedaron ni los sauces del jardín.




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lunes, 24 de febrero de 2014

El tigre vegetariano

La gente aplaudía de pie. Aseguraban la función con el mismo acto. El ilusionista cerraba la noche colocando su cabeza en las fauces del gran tigre. La respuesta era colectiva. 

OHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH.... 

El gran tigre imponía temor a los asistentes, los niños eran lo que expresaban mayor impresión, y algunas damas ocultaban con las palmas de las manos sus rostros; y sin embargo nadie se movía de su asiento hasta que no viesen al tigre en escena.

La estrella el espectáculo era un ser educado para manso, criado para alimentarse de vegetales, instruido para rugir cuando le indicasen. Un tigre aun joven. Era como cualquier tigre a simple vista. Nada fuera de lo común. Si usted fuese un tigre, diría “es un tigre como yo”. Por ello nadie pudo comprender el accidente.

Los aplausos fueron reemplazados por gritos y sollozos. Los integrantes del elenco tampoco reaccionaban sino con estupefacción.

El tigre vegetariano masticaba la cabeza que había cercenado. Y aunque sintió asco también experimentó una agradable satisfacción. El espectáculo había terminado.

Era como cualquier tigre a simple vista. Nada fuera de lo común. Si usted fuese un tigre, hubiese dicho “es un tigre como yo”.

sábado, 22 de febrero de 2014

El infierno son los otros


¿Ves a los pájaros de ese árbol? Son cuculíes, están aun jóvenes pues sus ojos tienen un lila pálido. Pero están lindas, podrían ser amigas tuyas si quisieras. Aquel árbol, el nogal, se ve bien para que hagas tu casita. Y el parque, mira, está todo enrejado, alguna vez suelen entrar los niños, pero muy poco, estarías tranquilo; y si entran no importa, puedes pasarte a ese otro árbol, más grande, ahí ninguno de esos mocosos podría alcanzarte. Sería bueno saber si te anima la idea de ser libre. No te veo muy feliz en esa jaula, eso no significa que te vaya mejor afuera, ¿pero no sería bueno probar? Claro, está el tema de la comida,... podría ayudarte los primeros días, tal vez las primeras semanas, pero cumplido un mes creo que me ganaría la desidia y ahí tendrás que arreglártelas solo. Yo creo que sí podrías. Pero cómo saber si estás convencido, ni siquiera ladeas la cabeza mientras te hablo, solo me miras con esos tus ojitos tristes. ¿Qué hago contigo?, ¿te regalo? He pensando a veces que tu problema es la soledad, podría comprarte una pareja, un semejante de tu especie, por último un partner macho para que tengas con quien pelear. Pero también he tenido mis dudas sabes, ¿y si al estar acompañado tu vida se hace un infierno? Sartre decía que el infierno son los otros. Yo no te di la vida, pero al tenerte en esta jaula siento que tu vida me pertenece un poco, que me he convertido en un demiurgo y tengo tu vida a mi disposición. No, nunca he pensado en matarte, me aterra el dolor, incluso el ajeno. Y morir debe de doler. Ya está, te libero, no podemos seguir así. Listo. Muévete, vete. Dale, sin miedo, todo estará bien. Uy, de verdad se fue, y se movía más rápido de lo que parecía por su peso. Eligió un eucalipto, no es tan mala elección.  Espero haber actuado correctamente, buena fe al menos tuve. Si en libertad corrobora que el infierno son los otros, ya eso escapa a mi control. Ojalá que los vecinos no se asusten mucho, al fin de cuentas, no es común que un pequeño dragón viva en un parque.

domingo, 25 de agosto de 2013

SI HE DE ARDER...


“Hace exactamente dos semanas” pensó y miraba el techo verde turquesa de su habitación. “Y aún siento este amago de sangre en la boca”. Respiraba con pesadez y profundamente, como dando bocanadas de aire antes de sumergirse en una piscina profunda. Lamentaba haber perdido el control y estar sufriendo del esparcimiento de la bilis negra en todo su cuerpo ahora infectado. Desde sus uñas hasta su lengua se transparentaba el color amarillo vidrioso de su ira mal controlada.

Era un proceso largo y penoso el restablecerse. No había medicinas, pues el hígado estaba lo bastante convulsionado como para ser expuesto a químicos. Ni se permitían pociones naturales. Relajarse y encontrar un estado de imperturbabilidad era la única forma conocida para purificar el organismo enfermo. En su situación era poco recomendable consumir comida, no estaba apto para poder digerirla. Solo beber agua en grandes cantidades y respirar profundamente hasta sentir el plexo solar completamente expandido. Lo penoso era en definitiva no consumir alimento, sentía hambre, cada día con mayor voracidad. El proceso se hacía largo ya que encontrar calma no era característica de personas como él.  

Los primeros atisbos de salud y que daban esperanza al enfermo aparecían a los diez días. Se recuperaba el blanco de los ojos y de las uñas. Él iba catorce y aún no presentaba cambios.

Su maestro, un hombre impasible y de voluntad inquebrantable, conversó con él hace semana y tres dias. Sabía de su inquietud al no ver mejoría. Le habló pausado y muy bajo, con una articulación imperceptible, casi entre dientes. "Todo a su tiempo. La prisa es de necios". El discípulo lloró ante él, frustrado, pensando que nunca lograría la calma de su maestro, y sintiendo que él era el necio más necio que su maestro había tenido por discípulo. La desesperación se apoderaba de él y solo atinaba a lamentarse por no poder hacer nada para cambiar su suerte, por no poder tener control sobre sí mismo. Lloró largo rato ante su maestro que le observaba ecuánime.

“Hace exactamente dos semanas” pensó otra vez y miraba el techo verde turquesa de su habitación. “Y aún siento este amago de sangre en la boca”. No basta con la comprensión de su maestro. Como podía comprenderle si no vivía su situación, sólo le decía que mantenga la calma y que no había prisa. Eso lo podía hacer cualquiera, hasta el tipo de la esquina que le vende el agua. No era necesario mayor método. Quién le había hecho maestro. Por qué tenía que escucharle. Cómo vino a parar a ese casa sin ventanas y de puertas estrechas.

Eran las cuatro de la madrugada y su pensamiento encendido le sacó de la cama, de la habitación, de la casa. Fue directo al jardín y a gritar "¡Todo es mentira! ¡Es mentira! Todo esto es falso. Eres un estafador. Tú no sabes nada. ¿Me escuchas maestro? " Antes que pudiese seguir hablando, le alcanzaron unas palabras pronunciadas muy suaves, con una articulación imperceptible, casi entre dientes. "Te escucho". Era su maestro. Que estaba sentado en el jardín, no muy lejos donde él había empezado a gritar. No esperaba encontrarlo ahí. Quería confrontarlo pero no había pensado cómo. Se sentía avergonzado y los fundamentos con los cuales quiso reclamarle empezaban a diluirse.


"Yo tampoco podía dormir. Hace dos semanas estás aquí y no he podido ayudarte. No atiendes lo que intento enseñarte, y sé que me culpas". Mientras hablaba su articulación se hacía más precisa, menos suave, más dibujada. Aunque estaba aun oscuro, el discípulo estaba convencido de ver con claridad el rostro de su maestro y de estar viéndolo distinto. ¿Qué era? Pero no le miraba mucho tiempo directamente, estaba apenado y bajaba el rostro buscando una palabra que no hallaba en la grama del suelo. Era una madrugada de otoño, sin frío ni calor, solo fresca. Maestro y discípulo se mantenían en silencio. Faltaba aún para que saliese el sol pero la madrugada aclaraba y el día llegaba inevitable.


Cuando hubo la suficiente luz como para que se distinguiesen sin posible confusión, el maestro direccionó el índice de su mano derecha señalando las flores que sembró semanas atrás. "Cuando yo era joven como tú, también tuve un maestro que cuidaba su jardín. Vivía más entre plantas que entre personas. El estado de calma que reflejaba era un inmenso y profundo oceano. Cuando le mirabas a los ojos parecía que anegabas en un estado de paz infinito. No fui su mejor discípulo pero cuando desapareció todos asumieron que yo debía de heredarlo por ser el que más tiempo vivió aquí. Nunca supe cómo murió. Simplemente desapareció. Se especula que su alma había alcanzado la gloria y su cuerpo se mimetizó con las plantas. Cuando no logro dormir, vengo a ver este jardín y creo que él me acompaña".

"Yo no soy ni su peor discípulo", dijo el joven. "Lo lamento". El maestro le dirigió la mirada menos lejana que hasta entonces tuvo para con él. No era una mirada de condescendencia que raya en superioridad, era la mirada de un igual. "No pretendo convertirme en una planta, no te pido a ti que lo hagas. El maestro de tu maestro fue un hombre que nace cada mil años. Y está bien que sea así". No sonrió pero reflejó un gesto muy semejante a la autosatisfacción, pronunciando con claridad “Por mi parte, no cambiaría mi capacidad de indignación por la calma más pura y eterna. A veces es necesario arder”. Pronunció lo suficientemente claro cada palabra como para dejar entrever su lengua amarilla vidriosa.

Observó a su discípulo y lo invitó a que meditasen juntos observando el jardín mientras aclaraba el alba.


martes, 28 de mayo de 2013

Libertad


Era un hombre hecho de barro que cada noche soñaba con darse un baño de tina.






sábado, 4 de mayo de 2013

El viento del norte soplará


- Otra vez, explíqueme. ¿Me dice usted que a su hermano se lo llevó el viento?
- Así es, no queda más por explicarle señor oficial. Se lo llevó el viento.
- ¿Usted lo vio?
- No. Pero no era necesario. Yo estaba dentro de casa. Sentí el aire violentando las ventanas, golpeando el tejado. Él estaba leyendo su periódico en el jardín. Cuando asomé a verle, el viento ya se lo había llevado.
- Pero si era un viento huracanado, ¿no debió acaso llevarse la casa entera?
- Es que era un viento del norte.
- ¿Y eso qué tiene que ver?
- Que el viento del norte se lleva a los buenos hombres.
- Y entonces...
- Descuide, a usted no se lo llevará.

domingo, 14 de abril de 2013

Cortes finos

Vuelva usted mañana, le dijeron. Y se quedo quieta, mirando la luna que la distanciaba del chico del counter. Una misma persona diciéndole la misma frase desde hace dos meses. Un vidrio que la civilizaba y que le impedía cometer una imprudencia. Si un sujeto que la seguía en la fila no le decía "oiga usted, estamos esperando, muévase" tal vez ella no se hubiese movido.

Le habían cortado el cable del teléfono y su reclamo no pasaba del "Estamos en ello. Vuelva usted mañana". Dos meses. El camino de vuelta a casa pareció no haber ocurrido. No se fijo en la avenida cuando cruzaba. Tampoco en los niños que jugaban fútbol y pudieron golpearla con la pelota. Ni vio a su hija que estaba en la tienda comprando una gaseosa. Solo pensaba en esa luna que la distanciaba de un sujeto indiferente. Pensaba en las mil vitrinas que los distanciaban. Sería que además ese sujeto vivía en un cubito de vidrio y por eso nada sabía de los padecimientos de los mortales. Debía de vivir en ese cubito sagrado y a partir de entonces haber olvidado su pasado humano.

Estaba cansada. Aunque no estuvo mucho tiempo en la cola, se sentía agotada. Le dolían los pies y la espalda. No era una anciana, pero mucho menos una  jovencita. Tenía a su cargo una casa y una hija. Trabajaba medio tiempo para mantener a ambas y se sentía orgullosa de que así fuese. Era una mujer madura, sana, recia, pero deslucida. Al pasar junto a alguna tienda con espejos, evitaba su propia imagen. Se sabía poco atractiva. En su recuerdo sí lo había sido. Diez años atrás tal vez, antes de que su piel se opacase, pudo haber reclamado por su teléfono y no le habrían dicho "vuelva usted mañana". Pudo haber intentado sonreír un poco, ser simpática, pero se sentía cansada para serlo.

Se sentó en su sillón turquesa, a pensar  en su teléfono sin línea. Sintió lástima por él. Es cierto que no lo necesitaba. Ni ella ni su hija usaban el teléfono en casa. Los celulares lo eran todo. Pero era el teléfono de su casa y se había acostumbrado a verlo ahí, a escucharlo timbrar ocasionalmente, y a levantar el auricular tan solo para pensar en la posibilidad de llamar a la casa de alguna persona, como antes se hacia. Son esas pequeñas posibilidades que nos hacen lo que somos. Pero ahora no había teléfono. Tal vez pronto dejarían de existir los teléfonos fijos, los de casa, y nadie los extrañaría. Con el tiempo, ni siquiera ella. Pero ahora se le hacía terrible pensarlo.

Fue a la cocina y tomó un cuchillo. Su hija estaba aun en la tienda. Ella no lo sabía pero el silencio de la casa le hizo sentirse encubierta por la soledad. Empezó con una cebolla. Sin lavarla, la atravesó por la mitad suavemente y luego la cortó en innumerables trozos. Buscó otra cebolla. Una más. Cebolla que picaba la dejaba acumularse sobre la mesa. Al acabarse las cebollas continuó con tomates, zanahorias, apios, berenjenas, pimientos,... La mesa estaba sobrecargada. Empezó con las frutas. Eran tan suaves que parecían deshacerse en sus manos antes que las cortase. Encontró además una pierna de res aun entera que también desmenuzó. Un cuarto de pollo que deshuesó y cortó en pequeños cuadraditos como para arroz chaufa.
 Dejó vacías la refrigeradora y la despensa.

No empleó el mandil, así que al terminar y ver su ropa con manchas de todo lo que había cortado no se sorprendió. Le sorprendió sí estar con mayor energía que cuando empezó. Quería gritar "traigan más", "todo quedará bien cortado". Y sonreía con agitación. Observó con atención toda la cocina. ¿Qué más podría cortar?...

Cuando entró su hija se quedaron observándose un breve instante. El suficiente como para saber que la joven mujer no debía de hacer preguntas a la mujer mayor. No era el momento. No había nada que explicar. Y si lo había solo lo podría entender cuando le llegase su tiempo. Cuando a ella le cortasen la línea del teléfono, cuando los hombres que habitan en cubos de vidrios le dijesen que vuelva mañana, cuando evite mirarse de frente y durante mucho tiempo. Ahora no. En silencio, buscaron tapers y otros recipientes donde guardar la comida sacrificada. Ninguna justificó el desperdiciarla.

Al cerrar el último táper, la mujer mayor estaba apenada. Sus mejillas estaban sonrojadas y sentía el calor de la vergüenza en las orejas. La mujer joven fingió no verla y le preguntó si quería ir al cine. Ella invitaba.

Cortes finos, cortes tan finos que no se ven, que no sangran, que no matan. Solo arden.

domingo, 31 de marzo de 2013

Un pacto con abril

Hoy debería de escribir un cuento, tengo en la libretita unas 10 ideas sobre cosas de las que quiero fabular, pero estoy alborotada y la desconcentración me gana. Y aunque mis cuentitos no sean de lo más pulidos, les dedico su tiempo para hacerlos nacer, desde que asoman de la nada, se mecen, coquetean unos días hasta que finalmente se rinden a la expresión menos infame. Hace buen tiempo que no escribo y las ideas se han ido sumando. En particular tres están desesperadas y me desesperan. El de las cucarachas me tiene como agua para chocolate, el del que somos robots y no lo sabemos me golpea en el diente y el de mi doble está que me abraza la pierna. Sin embargo no puedo escribirlos aun. Siguen ahí a la espera y me miran con desdén por aplazarles. Con la miradita de "tú te lo pierdes".

Lo lamento, pero no puedo evitarlo, es abril que llega y me alborota. Es abril que llegó antes del día de mañana para ajustar mis premuras y descorrer las cortinas de lo censurado. Todo es posible y está a tan solo la distancia de estirar uno de mis brazos. Se me ha anunciado en un sueño.

No hay tiempo, como la Alicia del conejo corro y corro tras nuevas puertas. Me deslizo entre ellas. Voy rápido y parece que voy en patines. No los veo pero sé que ahí están. Tras cada puerta alguien me espera, sabe mi nombre y mi razón social, me entrega una cartón multicolor y me felicita por los patines que no ve pero que sabe llevo puestos y me calzan muy bien. Tras la última puerta, una fiesta. Todos están con disfraces y traen máscaras. Me apena, no estás ataviada para la ocasión, pero sonrío. Mi sonrisa es mi máscara. Y así, saludo a todos, bailo, como y bebo sin estar invitada, pero muy cómoda pues nadie me invita a retirarme. Es abril que me relaja y no hay más bien que estar y existir. Bailo, sonrío, bailo. Mi alegría inquieta y hasta incomoda a quien le es ajena. Descuide, este es un hecho fortuito. Pronto me verá triste para su placer. Pero hoy no, es abril, usted entienda. Despierto

Despierto y exclamo:

Es abriiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiil, ¿me escuchan? A B R I L.
Y este abril se las trae.

Nos reuniremos los que somos desde hace una década. Seres de materia esquiva que adoro porque son de la misma materia que la mía y de mil matices. Tan distintos como iguales. Los quiero tanto como me quiero y más. Es lo que me cabe en cada sístole y diástole. Es abril. Y ya veo la puerta que atravesaré en patines para encontrarlos a todos. Mis manías de organización no podrán arruinar esto. Abril, no lo permitas. Abril, mes querido, mes del que me desprendo y en el que me entiendo, protégeme de mí misma, permíteme ser tú por un día, generoso y de ligero caminar, para venir, dar e irte sin ruidos, sin comparsa. Abril, despéiname todo lo que quieras, estoy a tu merced.

Mis cuentos que aun no nacen serán tus cuentos al nacer, mis sueños ocultos bajo el telar verde, mis miedos paranoicos, mis bajos y supremos deseos, hasta mis insomnios y jaquecas, lo mejor y lo peor de mí, todo en un bolsa de algodón pardo para ti. Tú que quisieras experimentar lo que es humanidad, te concedo lo único a lo que puedo llamar mío. Solo te pido ser tú en un día glorioso. Un día que se llame abril. Un abril arrebatado que en un solo día consume diez años.



sábado, 2 de marzo de 2013

El cántaro sabe cuando anochece

Apenas media tarde, mas en su habitación ya todo era penumbras. Difícil saber si está dormido o despierto. Ella retorna cada prenda al armario. Han discutido y, como en otras ocasiones, él ha amenazado con irse. Ella lo detuvo, como anteriores veces, cuando dejó vacío el último cajón. Es una escena aprendida. Él aquieta su ánimo y se entrega a la silla frente a la cama. Una vez sentado, ella procede a deshacer la maleta, sin prisa y, en los últimos años, con bastante práctica. Al terminar, ella se acerca a él, lo toma de las manos y la paz se restablece. Esa es la escena inacabada.

Cuando discuten suele estar iluminado y ambos pueden verse. Sin hablar, perdonarse. Ahora es de noche y la ausencia de luz les da de punzadas. Esta vez, la escena se desdibuja. Es una escena desgastada. ¿Cómo han podido interpretarla tanto tiempo y no notarlo? De pronto, ella recuerda un refrán. Algo de un cántaro roto y una fuente. Esfuerza la vista para observar dentro de la maleta y el fondo azul le hace ver mucha agua. Aunque donde él estaba sentado las sombras eran mucho más negras, en aquel instante ella adivinó su rostro de cansancio, su expresión de hastío.

Quedaban dentro de la maleta un par de medias. Las dejó ahí. Buscó prenda por prenda lo que minutos antes había colocado en el armario. Recogió todo lo que él había elegido y en el orden que él había dispuesto. Cerró la maleta, se acercó a él y la dejó a sus pies.

Él tenía ojos cerrados, pero estaba despierto, esperando. La escena terminaba.

La noche se hizo más oscura.


martes, 26 de febrero de 2013

la identidad del espejo


Todo su cuerpo es un ojo. Sí, un ojo cuadrangular a través del cual todo ve y en él se ven. Un ojo condenado a no descansar nunca pues no pestañea, muchos menos duerme. En la oscuridad, observa las sombras. Todo sería registrarlo en su memoria si pudiese, pero no logra retener en sí lo que no tiene en frente. Lo que no permanece. Así, olvida. Sus sentimientos no son tales, son emociones que a veces le asaltan. La mayor parte del tiempo experimentaba la nada. Y no conocía la angustia. Hasta que colocaron frente a él un florero. El dueño de casa trajo consigo a una mujer que llegó para quedarse y con ella, las flores.

Ante sí desfilaron rosas, tulipanes, orquídeas, lluvias, gladiolos, margaritas y demás, de las cuales nunca supo sus nombres. Se maravillaba de apreciar cuan lentamente se deslucían ante sus ojos. Era distinto a las personas que reflejaba y que cambiaban sin sospechar que cada día morían. Las flores sí lo sabían y su resignación ante la muerte las hacía lucir sublimes. Si algo había quedado profundamente adherido en el espejo era un particular sentido de lo bello. En la muerte de cada flor, el espejo experimentaba el desdoblamiento de los planos hasta percibirse así mismo etéreo y magnánimo. Era el preciso instante en que el matiz de la vida escapaba de los pétalos, se desvanecía a través del tallo e iba a diluirse en el agua. Tan solo un segundo eterno que era imperceptible si pestañeabas. El espejo podía presenciarlo. Sólo él. Cada flor moría distinto y producía en él emociones distintas. Cada muerte lo elevaba en su condición. Aunque no recordaba, algo se impregnaba en él. 

Una mañana, desapareció la mujer y con ella, las flores. Transcurrió un día, dos, tres… ¿cuántos ya son?  El espejo no podría precisarlo, solo sabía que delante de sí se reflejaba un florero vacío que ahora encontraba de mal gusto. Y que ahora, él era un espejo vacío. Inicialmente todo fue calma. El espejo percibía que esta nueva circunstancia no debía de afectarlo. Que él podía permanecer impasible o al menos podría intentarlo. No pudo. Poco a poco empezó a experimentar el cuestionamiento existencial. 

Todo su cuerpo no es un ojo. No puede pestañear, mucho menos dormir. No puede negarse a ver lo que no quiere. No puede quedarse ciego. Su única esperanza es un accidente casero y/o ir a parar a donde habite esa mujer que amaba las flores. Mientras tanto, espera. 

Lo cambiaron de lugar, lo colocaron frente a la puerta del desván. Lugar al que nadie entra y del nadie sale. 

Tal vez esta sea la nueva identidad del espejo, una puerta que nunca se abre.





miércoles, 16 de enero de 2013

La luz ya se puso en verde




Éramos apenas unos críos cuando nos dijeron que o nos entregábamos en serio o éramos tan solo simples parásitos que estábamos escondiéndonos en los libros para evitar la realidad. Ser estudiantes de literatura no era evadirse, era confrontarse. Ese día nos confrontaron. Si estás aquí, será bajo tu responsabilidad. No terminaran todos. Cada curso será un tamiz cada vez más delgado hasta filtrar fino fino y librarnos de la materia burda.

Eso fue el segundo año de carrera, que fue como el primero pues llevamos los cursos de la especialidad. El discurso bofetada fue en teoría literaria I, con el profesor  Huamán. Que en esas épocas era una vaca sagrada en la facultad. Nos trataba como si fuéramos unos pelmazos, difícil esperar un poco de aliento. Estábamos pasando ya por el tamiz. Casi dejo la carrera por ese curso. Fue horrendo. Le tuve tanto miedo a ese individuo que yo leía en la entrada de la facu Facultad de letras y ciencias huamanas. Estaba tamizando fino y yo me sentía materia burda.

A punta de temor, creó en nosotros su propio mito. Él era Zeus y cuando tenía un mal día el cielo se oscurecía y tronaba. Pude haberlo odiado, estuve cerca, pero no lo hice. Aprendí algo de él. La literatura era algo que él no podría explicarnos porque le sobrepasaba, porque nos sobrepasaba. Lo que íbamos a aprender ahí no era la literatura, era crítica literaria. Estábamos ahí para aprender a ser críticos implacables con los textos que leíamos, con los autores a los que leíamos, con lo que nosotros escribiamos y con lo que nosotros éramos. Estábamos ahí para aprender el arte de la destrucción. La literatura vendría después.

Esencial, aprender a escribir. El arte de expresar tus ideas y persuadir a quien te lee. No nos iba a enseñar una técnica. No. Solo iba a decirnos mira lo fácil que me sale a mí, intenta tú.  Y en el camino darse topes contras las propias debilidades y limitaciones. Sentirse pútrido y querer mandar todo al diablo. Tamizando fino fino. Nuevamente, mira lo fácil que me sale a mí, intenta tú. Muy cerca a la frustración, entender que la técnica que no nos iba a enseñar, él no podría enseñárnosla porque no había una receta. Era ensayo y error. Era darse de topes hasta hacer brincar los sesos y reordenar nuestro pensamiento. Ensayar uno, dos, tres, mil veces hasta que el que nos leyese sienta que cada palabra se dice con naturalidad, se desliza suavemente, hasta que el que nos leyese no sospechase que hubieron muchos intentos previos, mucho dolor de por medio antes de que la palabra fluyese.

Es el inicio del verano del 2013, pronto se cumplirán diez años de esta vida y como hasta hoy nunca creo haberme sentido más dichosa. He sido consciente en esos diez años que vivía en una habitación de palabras y he podido redecorarla infinidad de veces, bajar uno que otro muro y abrir o cerrar puertas y ventanas. Zeus es ahora un recuerdo que aprecio porque tamizándome dejé parte de mí en el filtro, dejé aquello que no me sería útil. Modelé mi voz para poder escucharme y que otro la escuchase. Aprendí a confrontarme contra ideas ajenas y propias no por vanidad o capricho sino porque estamos buscando respuestas. Aprendí el arte de la destrucción y puedo ejercerlo contra los demás y contra mí cuando me plazca si es necesario. Ahora es innecesario. Porque la literatura llegó. Ahora es tiempo de construir.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Ernesto los lunes no está


Usted no me cree, lo sé. Mientras le hablo ha estado apuntando en su cuadernito como si estuviese muy serio, pero le he sorprendido sonreirse dos veces. Cuando le he dicho que ser lo que llaman "persona cuerda", cuesta la vida, me ha mirada con respeto, me he sentido su igual. Y es que es un fastidio estarse todos los días como si vivir  de la manera que se nos dice fuese fácil. Amanecer, salir de cama, dar los buenos días a la familia, bañarse, vestirse, mirarse al espejo y dar el visto bueno antes de salir de casa. Ir al trabajo. Regresar a casa, cenar, compartir algunos episodios del día, desvestirse, bañarse, dar las buenas noches, ir a la cama, anochecer y ya. Un día menos. 

Y ya. ¿Y ya? ¡Y ya! 

Como si el sol no fuese digno de ser mirado y visto con sorpresa o espanto. 
Como si los ancianos no fueran seres sobrenaturales sobre los que el tiempo cae y mientras les resta los suma. 
Como si el aire no golpease en nuestros pulmones y nos guardase de sus secretos. 
Como si en el mar no quedasen monstruos y algún día pudiese salir uno a gritar "ESTOY HARTO" y luego morir porque en nuestra superficie le falta el aire. 
Como si mi madre y tu madre no hubiesen querido cantar una canción mientras despedazaban una vaca y así espabilar su llanto. 
Como si hoy un hombre no hubiese tragado polvo de esteras y llantas mientras pensaba en su buena suerte porque en su miseria estaba mugroso, pero era un mugroso enamorado. 
Como si no fuese posible que los arboles levantasen sus raices como piernas y echasen a correr atrás de todo lo que ya no hay y cansados de su soledad con sus ramas empazarán a volar para irse muy muy lejos. 
Como si no tuviese dentro mío una bomba de mil latidos que cada ochocientos kilómetros se detiene saca sus dientes y me muerde. 

¡Y ya! ¿Y quiere que cada día me trague un pan y no me angustie? Claro que me angustio. El mundo no puede girar si alguien no está soñándolo. Y nosotros imaginamos el mundo, ¿sabe? Lo que no sucede ante nuestros ojos, habita en nuestras mentes. Y por eso el mundo gira. Qué fuerza gravitacional mis calzoncillos. Nosotros somos la fuerza del mundo. Pero ahora estamos vacíos. Ya no somos nada. Y sí, ya no somos nada, porque usted aunque se ría sabe que se ha vuelto una nada. 

Usted no me cree, lo sé, pero no tiene que creerme, no tengo porque convencerlo de algo que usted ya sabe. Y sigue apuntando en su cuadernito. ¡Solo falta que quiera tomarme una foto! Bueno, si es así, primero déjeme dormir, mañana que esté mejor descansado, vuelva y tráigame un peine. Mañana es martes, días de muerte y muerto. Pero el martes de mañana, creo que será un día agradable. Y ahora váyase. Que hoy es lunes, y no me gustan las visitas.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Mancini juega a ganador, pero pierde



Entro a la sala y encuentro a Z. Ha vuelto a perder. Sonríe y dice "es tu culpa". Como se quedó sin qué jugar, acepta mi invitación y vamos por un trago. Pasamos junto a una vieja que lleva anteojos oscuros, tiene muchas monedas sobre la mesa y parece que sabe pócker. "Si me prestas algo, le gano y nos dividimos la ganancia". No respondo y él no insiste.

Él pide una cerveza negra y yo, un vodka. Escucho una historia que ya conozco. Hoy estuvo por ganar. Lo sentía en los dedos. Hasta escuchó el fondo musical de la pantera rosa, lo que siempre le resuena en la mente cuando tendrá su momento. Alguna mujer seguro estuvo deseándole algo malo.  "¿No has sido tú? Es tu culpa". Me mira y espera respuesta.

Estoy aquí por un consejo. Es una persona demasiado obsesionada con el juego, pero da los mejores consejos que hasta hoy he escuchado. Tiene criterio para saber qué deben hacer otros. Con su persona se permite ciertas vicisitudes. Sobre los otros, no juzga a la ligera, medita antes de emitir su opinión y dictaminar veredictos. "Ángeles en el cielo. Demonios en la tierra. Bajo ciertas reglas, hay equilibrio". Lo escucho atentamente. Lúcido, sosegado, irremediablemente racional e, inclusive, puro. Es mi buda en un casino.

"Nadie puede dar lo que no tiene. Será mejor que lo olvides. Lárgate. Déjale la casa, los muebles, el teléfono, el perro y hasta las plantas. Empieza de nuevo y no le debas nada. Guárdate para ti la calma y la libertad". Toma despacio su cerveza y mira mis zapatos. "Será mejor que dejes de caminar inclinándote a la derecha, te harás daño a la columna". Escuchamos a Michael Jackson cantando Beat it y él mueve suavemente los hombros a compás del ritmo.

Cuando termina su cerveza, me mira con sorna. "Aun me queda una ficha, verás que ahora gano". Vamos hacia la ruleta. Escoge un número, espera impaciente mientras el círcolo gira, masculla un "vamos, vamos". Y pierde. No se sorprende, se aprieta las manos y sus labios hacen un gesto de ni modo, ya pues, perdí. Sabe ser lo que es. Perdió, mas la posibilidad de ganar sigue ahí. Le ofrezco otra cerveza.

Se hace tarde y ya no tenemos nada por hablar. Me pongo de pie y lo dejo sentado en la barra, aprieta inquieto las manos al rededor de su vaso. Antes de irme, le dejo dinero en el bolsillo. No es necesario que me lo pida y él lo sabe. Le dejo lo suficiente como para que esa noche cene y se alquile un cuarto. No me mira ni me dice palabra. Está distraído igual que cuando le resuena en la cabeza la melodía de la pantera rosa.


M

cuando el dinosaurio despertó, el escritor todavía estaba allí



lunes, 15 de octubre de 2012

Buena presencia



Inicialmente no podía caminar. Era complicado y hasta doloroso. Aunque veía que su silueta se estilizaba con ese accesorio, no estaba lo suficientemente convencida. Esta poca convicción originaba el efecto contrario, sus piernas se contraían, su espalda se encorvaba y miraba al suelo como si estuviese buscando algo. Lo estético volteaba los ojos para no sentir lástima.

Fue el sonido lo que originó el cambio. La tarde que saliendo de la oficina se escuchó. El corredor estaba despejado. Era solo ella atravesando la puerta encontrándose sola ante la calle. Tac tac tac tac tac... Tac tac tac tac tac... Tac tac tac tac tac...

La tercera vez que se detuvo, pensó en quitarse los zapatos, sintió miedo. Se reconocía en ese sonido y hasta en su eco. Siguió caminando Tac tac tac tac tac... Percibía su propia existencia anunciada por cada golpe de sus zapatos contra el suelo y... le gustó. Sintió que su cuerpo tomaba posesión de sus actos. Y con un tac, asentía. Relajó la espalda, estiro tan cuan extensas eran sus piernas y elevó la frente a la altura que apreciase todo un horizonte de la noche que despertaba.

Se sentía larga, interminable, universo y a la par concentrada en los límites de la piel que la contenía. Se reconocía y se asumía en cada paso. Y todo fue por unos cuantos tac tac tac que resonaron en una tarde poco concurrida. Como si se tratase de una revelación, su mente divagaba en plenitud. Los planos multidimensionales de la realidad habían confluido para que se encontrase. Esto podría haberle pasado a otra persona, pero ella estaba convencida que nunca nadie había vivido lo que estaba ella descubriendo.

Aunque claro, ella solo estaba haciendo cuenta de las experiencias humanas.

Existe la posibilidad de que sintiese lo mismo un gato cuando usa un cascabel.



martes, 9 de octubre de 2012

En tu nombre

Tendidos sobre la arena, miraban el mar. Él pensaba en el clima que le esperaba en Buenos Aires. Debe ser que mucho frío en su invierno. Ella probablemente podría pensar en cómo pedirle que por favor no viajase. El mar estaba calmo y el sol era inusualmente pálido para ser verano. Cuando una gran pelota de plástico pasó cerca a ellos, no hubo alarma ni gestos. Como un árbol que cae en medio del bosque y nadie escucha, entonces no es, así e igual, esa pelota no fue.

Ella amaba el mar porque le hacía pensar en el infinitud sin ser infinito, porque le hacia pensar en la eternidad sin ser eterno. Él tenía miedo al mar, pero cuando iba con ella a observarlo, el mar no lo atemorizaba. Cuando iba con ella a ver el mar, este le ayudaba a tomar decisiones. Iban juntos a ver el mar cuando él estaba confundido, y cuando ella lograba convencerlo de que el mar no se lo llevaría. A veces él quería ir a ver el mar y tenía vergüenza de decírselo, de tener que pedirle que lo acompañe. Podía ir con otras personas, y lo hacía eventualmente, pero visto así el mar no le decía gran cosa, no le revelaba secretos ni asomaba con un consejo. Tenía que ir con ella y en eso no había razonamiento solo imperativo. Ahora que estaban en la playa, en el rinconcito de playa que habían dictaminado como suyo, él pensaba que sería bueno llevar un abrigo negro y tal vez un impermeable azul para el viaje.

Uno de los niños que jugaba con la gran pelota de plástico no resistió más y se acercó a preguntarle qué lleva en esa cajita que está junto a él. No le respondió. Se le quedó mirando y se preguntaba si realmente ese niño estaba allí parado preguntándole. Se le parecía. Podría ser su hermano, podría ser él mismo y quizá estaba imaginándose de pequeño, entonces para que responderle. Pero le respondió. "Es mi madre. Le gustaba el mar". Y le preguntó, "¿crees que sería buena idea dejarla aquí?". El niño pareció interesarse en su asunto y pensarlo un rato, mas vino a buscarlo su amigo y se fueron a seguir jugando.

Solos otra vez, regresan a su mundo. Ninguno parece un personaje adecuado para un día de playa. Él, apenas un hombre, dieciocho años, con los ojos tristes y vestido de luto.  Ella, una porción de cenizas en una urna color gris. Ambos aparentemente estaban en silencio pues un ser vivo y un muerto no se comunican en nuestro mundo corriente. En el mundo que ella entretejió para él, estaban conversando. Ella le preguntaba si la dejaría en la playa, él le decía tímidamente que no lo sabía aún.

La playa está casi vacía si no fuera por esos dos niños que juegan cerca suyo. De a ratos los miran pero ya se no acercan. Él y ella se ven extraños, fuera de contexto. Él pensaba en si llevar el abrigo negro y evitaba en realidad lo más complicado, qué hacer con lo que deja en Lima. El mar aun no le ha dicho nada. Lo percibe indiferente como si supiese. No ha tenido que pedirle a ella que lo acompañe esta vez. Desearía habérselo pedido, pero hace mucho que ella le adivinaba el pensamiento y se anticipaba a sus deseos. Esta vez ni él tuvo que pedírselo ni ella tuvo que adivinarlo. Intentó conversar con ella antes de salir de casa, pero no logró sacarle palabras. Solo fue en la playa que su madre quiso hablarle. Pero decía poco y hablaba bajito. Tal vez, siendo solo cenizas y desde una pequeña urna de color gris no está bien gritar.El sol no calienta lo suficiente para ser verano. Y seguro en Buenos Aires hace un frío terrible. Esos niños que juegan pelota parecen pasársela bien. Y la conversación que sostenía con su madre ya no fluye. Él le pregunta si no le parece que ese niño que se acercó tiene su mismo rostro. Ella ya no le responde. Y él deja de intentarlo.

Se queda tendido sobre la arena. Junto a él, la pequeña urna. ¿Qué hacer con lo que queda en Lima? Tal vez sería mejor no dejar nada. Podría llevarla consigo en la maleta. "¿Quisieras ir?", le pregunta. Pero ella está en silencio, como el mar.

domingo, 23 de septiembre de 2012

te pienso, luego existes



Cuando leí por primera vez "Las ruinas circulares" de Borges quedé perpleja. En ese momento me maravilló el poder de la idea, como solo a base de un pensamiento elaborado y sistemático se paría vida.

                                   Imaginando con detenimiento cada hebra del cabello, la textura de la piel, cada tipo de célula según su función y de a pocos obtener con suerte un ojo, un hígado, un corazón. Y, con mucha paciencia, un cuerpo. Luego, seguir imaginándolo porque una vez creado no es posible abandonarle. Había que imaginarle una conciencia,  una serie de deseos y frustraciones, pensarle una historia pasada y un futuro. En otras palabras, hacer de una masa de carne un ser humano. Irremediablemente, quererle. Porque le imaginaste desde que era nada y lo convertiste en algo. Sentir así algo semejante al derecho sobre esa existencia. Posesión. Controlar la propia angustia ante lo que pudiese hacer sin que lo hubieses pensado para él. Porque algunas veces lo que no imaginamos también existe. Y entonces, cuando duerme, relajas el gesto, te sientes grande. Fuera de ti mismo. En movimiento suave sin moverte, como si cantases pero sin emitir sonido. Todo porque has creado una vida. Pequeño demiurgo.

Sí, por eso me gustó tanto ese relato.

Lo que no entendí del todo, en ese momento, fue el final. Cuando te enteras que no eres tan solo un demiurgo eres además el producto de uno.

                                      Alguien te ha imaginado cada hebra del cabello, la textura de tu piel, cada tipo de célula según su función y de a pocos obtuvo tu ojo, tu hígado, tu corazón. Y, con mucha paciencia, tu cuerpo. Luego, siguió imaginándote porque una vez que fuiste creado no era posible abandonarte. Te imaginó una conciencia,  una serie de deseos y frustraciones, te pensó una historia pasada y un futuro. En otras palabras, hizo de ti, masa de carne, un ser humano. Irremediablemente, quererte. Porque te imaginó desde que eras nada y te convirtió en algo. Sintió así algo semejante al derecho sobre tu existencia. Posesión. Controló su propia angustia ante lo que pudieses hacer sin que lo hubiese él pensado para ti. Porque algunas veces lo que no imaginamos también existe. Y entonces, cuando duermes, relaja el gesto, se siente grande. Fuera de si mismo. En movimiento suave sin moverse, como si cantase pero sin emitir sonido. Todo porque ha creado una vida. Pequeño demiurgo.

Y, entonces, ahora que te sabes lo imaginado de un otro, dime, ¿acaso no te provocaría volver a la nada?


sábado, 15 de septiembre de 2012

los juegos de la mente



Cuando la realidad se pone exigente e insiste en hacer de mí un Túpac Amaru moderno, mi mente se rebela contra todo, incluso contra mí. Hace huelgas mediante largas horas de sueño en las que voy volando sobre algún río, cordillera y grandes nubes; en sus versiones más oscuras estamos ante el fin del mundo y veo caer meteoritos sobre el parque que está frente a mi casa. Me gustan esas rebeliones, aunque a veces me asustan, son entretenidas pues resultan cinematográficas y al despertar estoy calmada, todo es bueno, el aire liviano y a través de la ventana de mi cuarto se ve un día soleado aunque haga en realidad mucho frío y esté garuando. Con estas huelgas, mi mente y yo hemos llegado a un grato entendimiento. Con lo que no estamos entendiéndonos es con los olvidos. Lo que puedo haber hecho hace unos pocos días lo recuerdo con dificultad, lo que pasó hace unos meses es más difuso y lo de hace unos años parece que lo vi en una fotografía en blanco y negro y  me es ajeno, como que no me pasó a mí. Los más abruptos vacíos del registro se manifiestan en lo que pude hacer minutos antes de olvidarlo. Ayer buscaba desesperadamente mis pantuflas, las encontré cuando noté que las llevaba puestas. Hoy temprano guardé un cuaderno donde apuntaba las contraseñas de mis archivos en word que dejo encriptados, no logro hallar ahora el cuaderno. Mis lentes están sorteando un destino trágico pues si se me ocurre quitármelos podrían ir a dar a algún lugar oscuro de mi memoria y no volvería a verlos (en todo sentido). En algún momento, puede que me entienda con estos juegos sutiles de mi mente y que resulten graciosos. He pensando en las estrategias de los cartelitos (en alguna parte leí que era útil colocar el nombre de las cosas sobre estas cosas, no vaya a ser que eso también se me olvide). La estrategia ultra subversiva es la que no tolero. Esta es cuando mi mente arrastra sus hilos desde la punta de mi nariz hacia mi dedo pulgar del pie y me quedó desarmada. Se dice somatizar... Pongamos las cosas en claro. No tengo necesidad de pedir ayuda por algo que sé que puedo controlar. Y por lo general, controlo muy poco, pero con controlarme a mí misma me basta y no necesito ayuda externa. Mas si mi mente se empecina en su actitud y no sobrelleva con mayor hidalguía que la realidad es complicada, tal vez, tal vez, tal vez, sí, sea necesario buscar a los hombres de las batas blancas.

jueves, 30 de agosto de 2012

Explicación 0




Silvina Bulrrich dice que enamorarse es como entregar todos nuestros bienes a alguien sin pedirle ningún comprobante o seguro. He pensando en ello y creo que estoy de acuerdo. Entiendo ahora que al acabarse el amor nos queda esta sensación de haber sido estafados y quisiésemos reclamar a algún alguien por una indemnización.