viernes, 3 de diciembre de 2010

Cuando las fábulas confabulan

Insistí en tocar la puerta. Me advirtieron que no lo hiciese. “Es difícil de tratar, profa”. “No le vaya a gritar”. No me amilané. Había llegado puntual a mi clase, de un excelente humor. Desperté despejada, no recuerdo qué había soñado pero desperté sonriendo. Todo era bueno. Imaginé en ese momento que el profesor probablemente era algo huraño, pero nada fuera de lo común. Solo era cuestión de explicarle que debía de iniciar mi clase, y que por favor dejase libre el aula. Muy simple. Insistí con la puerta. Me observó por la ventanita, como se mira a un pescado muerto. Insistí en tocar, y esta vez le hice un gesto: mi dedo índice derecho señalaba mi reloj pulsera que reposaba en mi muñeca izquierda. Y como muestra cortés, le sonreí. Esta vez, me miró como a un pescado bien muerto y además volteó el rostro. Respiré profundamente. Decidí darle unos minutos más. Cinco. Luego, por inercia, toqué nuevamente la puerta. Entonces, lo vi pararse en todo su ser, sobre sí mismo, y se dirigió con expresión sombría hacia ese trozo de madera que nos separaba. Tuve miedo, pero no pensaba huir. Abrió la puerta y embistió con un "por qué tanta insistencia". Una voz hiriente. Me sentí avergonzada. Era cierto. Tenía mal carácter. Argumenté que tenía que dictar, que en ese salón se desarrollaba el curso, y bueno, que ya estaba en hora. Sus alumnos pasaron a retirarse, él les indicó que solicitasen otro salón en secretaria. Solo los dos quedamos en el recinto. “¿Ud. qué curso dicta?", "¿Desde hace cuanto tiempo trabaja Ud. aquí?". "¿Sabe quién soy yo?". Palabras piedras. Le respondí con calma, se veía que estaba muy dispuesto a discutir y que en ese arte él me aventajaba. Después, imperó mi mutismo. Había decidido ser prudente.

Tranquilamente arreglé mis cosas sobre el escritorio, y él me miraba esperando algo más. Y descargó: "Qué ha dicho ud?", con claras muestras de indignación, como si le hubiese dicho alguna palabra grande. Le respondí: "nada", pues efectivamente, mi silencio era irrefutable. Me dijo entonces: "pues debería decirme algo", "he tomado parte de su tiempo", "de su clase". No sé si esto último lo hablaba en serio o con sarcasmo. Solo supe que ese hombre era un zorro viejo y yo me reconocí entonces como el cordero. Empecé a reírme. Su molestia fue mayor y creo que evaluó venírseme encima y morderme la yugular; pero minutos antes, estratégicamente, yo había hecho pasar a mis alumnos al aula. Por lo menos veinte testigos cualificados. Reflexionó y se limitó a irse, mirando unas nubes imaginarias y guardando en sus labios su último argumento.

Esopo, qué sorpresa me deparas a futuro? Qué zorro traerá el verano?

Aceptación de mi naturaleza




Aunque soy un cuervo instruido sigo siendo un cuervo, tu cuervo. Y aquí en esta alta rama te estoy esperando.

viernes, 1 de octubre de 2010

the life is complicated




3: 30. Terminó el receso y la tercera parte del salón no regresa de su recreo. Me incomoda. He dormido mal, he almorzado mal... estoy irritable. Falta la tercera parte. Igual reanudo la clase. Los percibo distraidos, debo ser profesora maga. Recurro a alguna trucos de narración, despliego ficciones de Palma. Pierdo la concentración al escuchar al grupo que llegó tarde. Tocan insistentemente la puerta. Me molesta y elevo los ojos al cielo. No lloverá. Empiezo a sofocarme. La chompa cuello tortuga me ahoga y pienso en quitármela mientras sigo hablando; cuando mis manos están por empezar su labor desprendedora, recuerdo que no llevo otra prenda bajo esa chompa, salvo el brassier. Mis manos se detienen contra su voluntad.






Aún sigue haciendo calor. Recuerdo que en alguna serie vi a un personaje muy serio, muy formal, desnudarse ante todo un grupo de gente, esto sin dejar de disertar sobre un tema x; el motivo que lo llevaba a desvertirse era un colapso nervioso. Era muy gracioso pues él actuaba con total calma, sin percatarse de lo que hacía, como si se tratase de respirar. Me pregunté si estaría entonces pasando algo similar conmigo. Sonreí mentalmente por recurrir a una serie (Frasier) para explicar mis actos. Mientras tanto sigo hablando a los ya seducidos oyentes. En paralelo, en anterior mientras tanto, la chompa continúa ahogándome, y considero seriamente en dejar obrar a mis manos. Pienso que si al inicio mis interlocutores se escandalizarían, luego lo inusual se normalizaría y la clase transcurriría sin aspavientos. Y mejor todavía, yo estaría cómoda, sería libre, entonces la clase me resultaría excepcional. Vuelvo a reirme de mí.








Recuerdo que hoy se cumple un mes de esta nueva vida, que yo elegí esto, que me exigí esto, y sonrío. Esta vez para mí y para ellos. Estoy exhausta. Nunca antes he sentido tanta angustia, dolor, y cansancio. Pero soy feliz. Tal vez de manera incomprensible y retorcida. Sí.




¿Alguna vez ha sido fácil?