Vuelva usted mañana, le dijeron. Y se quedo quieta, mirando la luna que la distanciaba del chico del counter. Una misma persona diciéndole la misma frase desde hace dos meses. Un vidrio que la civilizaba y que le impedía cometer una imprudencia. Si un sujeto que la seguía en la fila no le decía "oiga usted, estamos esperando, muévase" tal vez ella no se hubiese movido.
Le habían cortado el cable del teléfono y su reclamo no pasaba del "Estamos en ello. Vuelva usted mañana". Dos meses. El camino de vuelta a casa pareció no haber ocurrido. No se fijo en la avenida cuando cruzaba. Tampoco en los niños que jugaban fútbol y pudieron golpearla con la pelota. Ni vio a su hija que estaba en la tienda comprando una gaseosa. Solo pensaba en esa luna que la distanciaba de un sujeto indiferente. Pensaba en las mil vitrinas que los distanciaban. Sería que además ese sujeto vivía en un cubito de vidrio y por eso nada sabía de los padecimientos de los mortales. Debía de vivir en ese cubito sagrado y a partir de entonces haber olvidado su pasado humano.
Estaba cansada. Aunque no estuvo mucho tiempo en la cola, se sentía agotada. Le dolían los pies y la espalda. No era una anciana, pero mucho menos una jovencita. Tenía a su cargo una casa y una hija. Trabajaba medio tiempo para mantener a ambas y se sentía orgullosa de que así fuese. Era una mujer madura, sana, recia, pero deslucida. Al pasar junto a alguna tienda con espejos, evitaba su propia imagen. Se sabía poco atractiva. En su recuerdo sí lo había sido. Diez años atrás tal vez, antes de que su piel se opacase, pudo haber reclamado por su teléfono y no le habrían dicho "vuelva usted mañana". Pudo haber intentado sonreír un poco, ser simpática, pero se sentía cansada para serlo.
Se sentó en su sillón turquesa, a pensar en su teléfono sin línea. Sintió lástima por él. Es cierto que no lo necesitaba. Ni ella ni su hija usaban el teléfono en casa. Los celulares lo eran todo. Pero era el teléfono de su casa y se había acostumbrado a verlo ahí, a escucharlo timbrar ocasionalmente, y a levantar el auricular tan solo para pensar en la posibilidad de llamar a la casa de alguna persona, como antes se hacia. Son esas pequeñas posibilidades que nos hacen lo que somos. Pero ahora no había teléfono. Tal vez pronto dejarían de existir los teléfonos fijos, los de casa, y nadie los extrañaría. Con el tiempo, ni siquiera ella. Pero ahora se le hacía terrible pensarlo.
Fue a la cocina y tomó un cuchillo. Su hija estaba aun en la tienda. Ella no lo sabía pero el silencio de la casa le hizo sentirse encubierta por la soledad. Empezó con una cebolla. Sin lavarla, la atravesó por la mitad suavemente y luego la cortó en innumerables trozos. Buscó otra cebolla. Una más. Cebolla que picaba la dejaba acumularse sobre la mesa. Al acabarse las cebollas continuó con tomates, zanahorias, apios, berenjenas, pimientos,... La mesa estaba sobrecargada. Empezó con las frutas. Eran tan suaves que parecían deshacerse en sus manos antes que las cortase. Encontró además una pierna de res aun entera que también desmenuzó. Un cuarto de pollo que deshuesó y cortó en pequeños cuadraditos como para arroz chaufa.
Dejó vacías la refrigeradora y la despensa.
No empleó el mandil, así que al terminar y ver su ropa con manchas de todo lo que había cortado no se sorprendió. Le sorprendió sí estar con mayor energía que cuando empezó. Quería gritar "traigan más", "todo quedará bien cortado". Y sonreía con agitación. Observó con atención toda la cocina. ¿Qué más podría cortar?...
Cuando entró su hija se quedaron observándose un breve instante. El suficiente como para saber que la joven mujer no debía de hacer preguntas a la mujer mayor. No era el momento. No había nada que explicar. Y si lo había solo lo podría entender cuando le llegase su tiempo. Cuando a ella le cortasen la línea del teléfono, cuando los hombres que habitan en cubos de vidrios le dijesen que vuelva mañana, cuando evite mirarse de frente y durante mucho tiempo. Ahora no. En silencio, buscaron tapers y otros recipientes donde guardar la comida sacrificada. Ninguna justificó el desperdiciarla.
Al cerrar el último táper, la mujer mayor estaba apenada. Sus mejillas estaban sonrojadas y sentía el calor de la vergüenza en las orejas. La mujer joven fingió no verla y le preguntó si quería ir al cine. Ella invitaba.
Cortes finos, cortes tan finos que no se ven, que no sangran, que no matan. Solo arden.
domingo, 14 de abril de 2013
domingo, 31 de marzo de 2013
Un pacto con abril
Hoy debería de escribir un cuento, tengo en la libretita unas 10 ideas sobre cosas de las que quiero fabular, pero estoy alborotada y la desconcentración me gana. Y aunque mis cuentitos no sean de lo más pulidos, les dedico su tiempo para hacerlos nacer, desde que asoman de la nada, se mecen, coquetean unos días hasta que finalmente se rinden a la expresión menos infame. Hace buen tiempo que no escribo y las ideas se han ido sumando. En particular tres están desesperadas y me desesperan. El de las cucarachas me tiene como agua para chocolate, el del que somos robots y no lo sabemos me golpea en el diente y el de mi doble está que me abraza la pierna. Sin embargo no puedo escribirlos aun. Siguen ahí a la espera y me miran con desdén por aplazarles. Con la miradita de "tú te lo pierdes".
Lo lamento, pero no puedo evitarlo, es abril que llega y me alborota. Es abril que llegó antes del día de mañana para ajustar mis premuras y descorrer las cortinas de lo censurado. Todo es posible y está a tan solo la distancia de estirar uno de mis brazos. Se me ha anunciado en un sueño.
No hay tiempo, como la Alicia del conejo corro y corro tras nuevas puertas. Me deslizo entre ellas. Voy rápido y parece que voy en patines. No los veo pero sé que ahí están. Tras cada puerta alguien me espera, sabe mi nombre y mi razón social, me entrega una cartón multicolor y me felicita por los patines que no ve pero que sabe llevo puestos y me calzan muy bien. Tras la última puerta, una fiesta. Todos están con disfraces y traen máscaras. Me apena, no estás ataviada para la ocasión, pero sonrío. Mi sonrisa es mi máscara. Y así, saludo a todos, bailo, como y bebo sin estar invitada, pero muy cómoda pues nadie me invita a retirarme. Es abril que me relaja y no hay más bien que estar y existir. Bailo, sonrío, bailo. Mi alegría inquieta y hasta incomoda a quien le es ajena. Descuide, este es un hecho fortuito. Pronto me verá triste para su placer. Pero hoy no, es abril, usted entienda. Despierto
Despierto y exclamo:
Es abriiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiil, ¿me escuchan? A B R I L.
Y este abril se las trae.
Nos reuniremos los que somos desde hace una década. Seres de materia esquiva que adoro porque son de la misma materia que la mía y de mil matices. Tan distintos como iguales. Los quiero tanto como me quiero y más. Es lo que me cabe en cada sístole y diástole. Es abril. Y ya veo la puerta que atravesaré en patines para encontrarlos a todos. Mis manías de organización no podrán arruinar esto. Abril, no lo permitas. Abril, mes querido, mes del que me desprendo y en el que me entiendo, protégeme de mí misma, permíteme ser tú por un día, generoso y de ligero caminar, para venir, dar e irte sin ruidos, sin comparsa. Abril, despéiname todo lo que quieras, estoy a tu merced.
Mis cuentos que aun no nacen serán tus cuentos al nacer, mis sueños ocultos bajo el telar verde, mis miedos paranoicos, mis bajos y supremos deseos, hasta mis insomnios y jaquecas, lo mejor y lo peor de mí, todo en un bolsa de algodón pardo para ti. Tú que quisieras experimentar lo que es humanidad, te concedo lo único a lo que puedo llamar mío. Solo te pido ser tú en un día glorioso. Un día que se llame abril. Un abril arrebatado que en un solo día consume diez años.
Lo lamento, pero no puedo evitarlo, es abril que llega y me alborota. Es abril que llegó antes del día de mañana para ajustar mis premuras y descorrer las cortinas de lo censurado. Todo es posible y está a tan solo la distancia de estirar uno de mis brazos. Se me ha anunciado en un sueño.
No hay tiempo, como la Alicia del conejo corro y corro tras nuevas puertas. Me deslizo entre ellas. Voy rápido y parece que voy en patines. No los veo pero sé que ahí están. Tras cada puerta alguien me espera, sabe mi nombre y mi razón social, me entrega una cartón multicolor y me felicita por los patines que no ve pero que sabe llevo puestos y me calzan muy bien. Tras la última puerta, una fiesta. Todos están con disfraces y traen máscaras. Me apena, no estás ataviada para la ocasión, pero sonrío. Mi sonrisa es mi máscara. Y así, saludo a todos, bailo, como y bebo sin estar invitada, pero muy cómoda pues nadie me invita a retirarme. Es abril que me relaja y no hay más bien que estar y existir. Bailo, sonrío, bailo. Mi alegría inquieta y hasta incomoda a quien le es ajena. Descuide, este es un hecho fortuito. Pronto me verá triste para su placer. Pero hoy no, es abril, usted entienda. Despierto
Despierto y exclamo:
Es abriiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiil, ¿me escuchan? A B R I L.
Y este abril se las trae.
Nos reuniremos los que somos desde hace una década. Seres de materia esquiva que adoro porque son de la misma materia que la mía y de mil matices. Tan distintos como iguales. Los quiero tanto como me quiero y más. Es lo que me cabe en cada sístole y diástole. Es abril. Y ya veo la puerta que atravesaré en patines para encontrarlos a todos. Mis manías de organización no podrán arruinar esto. Abril, no lo permitas. Abril, mes querido, mes del que me desprendo y en el que me entiendo, protégeme de mí misma, permíteme ser tú por un día, generoso y de ligero caminar, para venir, dar e irte sin ruidos, sin comparsa. Abril, despéiname todo lo que quieras, estoy a tu merced.
Mis cuentos que aun no nacen serán tus cuentos al nacer, mis sueños ocultos bajo el telar verde, mis miedos paranoicos, mis bajos y supremos deseos, hasta mis insomnios y jaquecas, lo mejor y lo peor de mí, todo en un bolsa de algodón pardo para ti. Tú que quisieras experimentar lo que es humanidad, te concedo lo único a lo que puedo llamar mío. Solo te pido ser tú en un día glorioso. Un día que se llame abril. Un abril arrebatado que en un solo día consume diez años.
sábado, 2 de marzo de 2013
El cántaro sabe cuando anochece
Apenas media tarde, mas en su habitación ya todo era penumbras. Difícil saber si está dormido o despierto. Ella retorna cada prenda al armario. Han discutido y, como en otras ocasiones, él ha amenazado con irse. Ella lo detuvo, como anteriores veces, cuando dejó vacío el último cajón. Es una escena aprendida. Él aquieta su ánimo y se entrega a la silla frente a la cama. Una vez sentado, ella procede a deshacer la maleta, sin prisa y, en los últimos años, con bastante práctica. Al terminar, ella se acerca a él, lo toma de las manos y la paz se restablece. Esa es la escena inacabada.
Cuando discuten suele estar iluminado y ambos pueden verse. Sin hablar, perdonarse. Ahora es de noche y la ausencia de luz les da de punzadas. Esta vez, la escena se desdibuja. Es una escena desgastada. ¿Cómo han podido interpretarla tanto tiempo y no notarlo? De pronto, ella recuerda un refrán. Algo de un cántaro roto y una fuente. Esfuerza la vista para observar dentro de la maleta y el fondo azul le hace ver mucha agua. Aunque donde él estaba sentado las sombras eran mucho más negras, en aquel instante ella adivinó su rostro de cansancio, su expresión de hastío.
Quedaban dentro de la maleta un par de medias. Las dejó ahí. Buscó prenda por prenda lo que minutos antes había colocado en el armario. Recogió todo lo que él había elegido y en el orden que él había dispuesto. Cerró la maleta, se acercó a él y la dejó a sus pies.
Él tenía ojos cerrados, pero estaba despierto, esperando. La escena terminaba.
La noche se hizo más oscura.
Cuando discuten suele estar iluminado y ambos pueden verse. Sin hablar, perdonarse. Ahora es de noche y la ausencia de luz les da de punzadas. Esta vez, la escena se desdibuja. Es una escena desgastada. ¿Cómo han podido interpretarla tanto tiempo y no notarlo? De pronto, ella recuerda un refrán. Algo de un cántaro roto y una fuente. Esfuerza la vista para observar dentro de la maleta y el fondo azul le hace ver mucha agua. Aunque donde él estaba sentado las sombras eran mucho más negras, en aquel instante ella adivinó su rostro de cansancio, su expresión de hastío.
Quedaban dentro de la maleta un par de medias. Las dejó ahí. Buscó prenda por prenda lo que minutos antes había colocado en el armario. Recogió todo lo que él había elegido y en el orden que él había dispuesto. Cerró la maleta, se acercó a él y la dejó a sus pies.
Él tenía ojos cerrados, pero estaba despierto, esperando. La escena terminaba.
La noche se hizo más oscura.
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